Un itinerario espiritual y pastoral capaz de tocar, a la vez, el centro de la vida cristiana y las fronteras más concretas del mundo contemporáneo.
P. Cristóbal Fones, SJ*
Las intenciones de oración confiadas por el Santo Padre a su Red Mundial de Oración para el año 2027 se presentan como un itinerario espiritual y pastoral capaz de tocar, a la vez, el centro de la vida cristiana y las fronteras más concretas del mundo contemporáneo. En ellas resuena una convicción sencilla: cuando la Iglesia ora con fidelidad, aprende a mirar con los ojos de Cristo y a servir con un amor más lúcido, más paciente y más valiente.
En un tiempo marcado por la prisa, la polarización y la sensación de impotencia ante problemas que parecen inmensos, estas intenciones no proponen una huida hacia lo íntimo. Al contrario: nos educan para una oración que abre los ojos, ensancha el corazón y devuelve dignidad a lo cotidiano. Como una brújula, orientan mes a mes hacia desafíos que se entrelazan: la vida interior, el cuidado, la dignidad humana, la belleza, el trabajo, la tecnología, la memoria agradecida, el futuro de los jóvenes, la casa común, la misión de las comunidades, la acogida de los migrantes y la vocación de la familia.
Un año que comienza en la fuente: redescubrir la fuerza de la oración
Enero pone la piedra fundamental: “el descubrimiento de la fuerza de la oración”. No se trata de una técnica ni de un recurso para “sentirse mejor”, sino de un encuentro personal con el Señor que transforma el corazón y, desde ahí, toca la historia. Esta primera intención ilumina todas las demás: si la oración es auténtica, no nos encierra; nos convierte. Nos enseña a discernir, a elegir el bien posible, a sostener la esperanza cuando las soluciones no son inmediatas. Una Iglesia que ora así no se vuelve más pequeña: se vuelve más disponible, más misericordiosa y más libre.
Cuidar a quienes cuidan: el rostro compasivo de la Iglesia
En febrero, la mirada se posa sobre quienes sostienen silenciosamente la vida: los que cuidan la salud integral de los demás. Pedir por “el cuidado de quienes cuidan” es reconocer un hecho evidente y a veces olvidado: hay vocaciones—profesionales, familiares y comunitarias—que se gastan a diario para que otros vivan. Esta intención invita a apoyar de manera real a quienes acompañan el dolor y la fragilidad, para que puedan abrir caminos de sanación interior y esperanza con paciencia, sabiduría y fortaleza. También nos educa a comprender que el cuidado no es solo una prestación: es una forma concreta de amor, una escuela de humanidad.
La dignidad de la vida humana ante la cultura de la productividad
Marzo profundiza en una urgencia decisiva: “el respeto de la dignidad de la vida humana”. En contextos donde la productividad parece medir el valor de las personas, la oración nos reeduca para reconocer la dignidad única e irrepetible de cada vida, empezando por la propia y extendiéndose a todos: el niño no nacido, el enfermo, el anciano, el que no “rinde”, el que no encaja, el que vive en los márgenes. Orar por esta intención es pedir la gracia de mirar a cada persona como alguien que merece ser amado, acompañado y defendido, no evaluado como un “resultado”.
La belleza que humaniza: el arte como don
Abril abre una ventana luminosa: “el arte como don que humaniza”. En un mundo saturado de estímulos y, paradójicamente, empobrecido en contemplación, el arte puede volver a despertar el asombro y elevar el espíritu. Esta intención no idealiza: recuerda que la belleza auténtica no es evasión; es una forma de verdad que nos reconcilia con la creación y nos ayuda a intuir, en lo visible, un Misterio mayor. Acoger el arte como don es también permitir que la cultura sea lugar de encuentro, de diálogo y de esperanza compartida.
Trabajo digno y alianza entre generaciones
Mayo entra en la vida social con una petición concreta: “oportunidades laborales para todos”. El desarrollo tecnológico, por sí solo, no garantiza justicia. Por eso la oración se vuelve criterio y compromiso: que la innovación abra caminos de trabajo digno, y que la colaboración entre generaciones fortalezca un futuro donde cada persona pueda ofrecer sus talentos al bien común. Aquí se toca una herida y una promesa: cuando el trabajo falta o se degrada, se deteriora la dignidad; cuando se cuida y se orienta al bien, se construye tejido social y esperanza.
Inteligencia artificial: sabiduría para poner la tecnología al servicio de la persona
Junio pide “un buen uso de la inteligencia artificial”. Es una intención particularmente actual: la tecnología puede mejorar la vida, pero también puede deshumanizarla si se separa de la ética y del respeto de la persona. Orar por esto no es temer el progreso; es pedir discernimiento para que el desarrollo esté siempre al servicio de la dignidad humana. También es una invitación a la responsabilidad: no basta con que “se pueda” hacer algo; importa si conviene al ser humano, si protege a los vulnerables, si promueve justicia, verdad y libertad.
La sabiduría de los abuelos y ancianos: memoria que sostiene el camino
Julio nos devuelve a una riqueza a veces invisibilizada: los abuelos y ancianos. En ellos la Iglesia reconoce un tesoro de fe y de sabiduría. Orar por esta intención es aprender a valorar la memoria viva, la paciencia, la perspectiva, la serenidad ganada en el tiempo. Y es también pedir que nuestras comunidades no se organicen solo según la eficiencia, sino según la gratuidad y la pertenencia: nadie debe sentirse “sobrante” en la familia de Dios.
Jóvenes y vocación: Cristo como compañero de camino
Agosto mira al futuro con ternura y realismo: “la vocación de los jóvenes”. En una cultura que multiplica opciones pero a veces vacía de sentido, la oración pide que los jóvenes reconozcan a Jesucristo como compañero de camino, a quien abrir el corazón. No se trata solo de decisiones “profesionales” o “funcionales”, sino de descubrir una llamada que integra la vida, ilumina el deseo profundo y hace fecunda la libertad. Esta intención compromete a toda la comunidad: acompañar sin imponer, proponer sin presionar, escuchar con respeto, y ofrecer espacios donde sea posible discernir.
Conversión ecológica integral: justicia y contemplación
Septiembre insiste en la “conversión ecológica integral”. No es un tema paralelo: toca la manera de vivir, consumir, producir y relacionarnos. Orar por esta intención une justicia y contemplación: proteger la creación con responsabilidad, pero también aprender a contemplarla como camino hacia una vida más armoniosa y agradecida. Cuando la creación deja de ser un objeto de uso y vuelve a ser un don, cambia nuestra ética y cambia nuestra espiritualidad.
Comunidades cristianas misioneras: irradiar el Evangelio
Octubre sitúa a las parroquias, comunidades y grupos cristianos en su verdad más profunda: ser centros de irradiación misionera. La misión no es una actividad entre otras; es el modo de existir de una comunidad viva. Orar por esto es pedir la gracia de formar discípulos, sostener procesos, acompañar heridas, educar en la fe y salir al encuentro con humildad. Una comunidad que irradia no lo hace por propaganda, sino por la coherencia de una vida transformada.
Migrantes y desplazados: la Sagrada Familia como consuelo y compañía
Noviembre nos coloca ante uno de los signos más dolorosos y decisivos de nuestro tiempo: la integración de los migrantes. La intención recuerda a la Sagrada Familia en su camino de desarraigo: imagen potente para comprender que nadie migra por capricho y que la fe cristiana no puede ser indiferente a la intemperie del otro. Orar por esta intención es pedir comunidades capaces de acoger con dignidad, solidaridad y verdadera integración: no solo asistencia, sino pertenencia; no solo “ayuda”, sino reconocimiento de derechos, historias y aportes.
La familia: hogar donde se cultivan fe, esperanza y amor
Diciembre corona el año con una intención que sostiene la vida de la Iglesia y de la sociedad: “la vocación cristiana de la familia”. Pedimos que las familias sean testigos vivos del Evangelio, hogares donde se cultive la fe, la esperanza y el amor. En un contexto de fragilidades, cansancios y múltiples presiones, esta intención no idealiza: sostiene. Invita a acompañar, a sanar, a recomenzar. La familia, con su belleza y su lucha diaria, puede ser un pequeño “taller” de fraternidad donde se aprende a amar de verdad.
Orar con el Papa, mes a mes
Estas intenciones no están hechas para quedarse en una lista, sino para convertirse en camino compartido. Por eso, la Red Mundial de Oración del Papa nos invita a “orar con el Papa” cada mes, dejándonos acompañar por los videos, los audios y otros recursos de la campaña disponibles en: www.popesprayer.va
Que el año 2027 sea, para todos, un tiempo de oración que transforma, de esperanza que se organiza en gestos concretos, y de una Iglesia que—en medio del mundo—aprende a amar con mayor profundidad.
Director Internacional Red Mundial de Oración del Papa
30 de enero de 2026
Fuente: Vatican News
CEV Medios
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